sábado, 12 de febrero de 2011

Mundo de susurros

Hay momentos en que el ‘afuera’ es el sitio más temido. Afuera todo: el peligro, el deseo, el frío, el viento, el ruido, el desasosiego, la ambulancia, el trueno, la suciedad y luego también, la libertad. Cuando somos adolescentes, jóvenes y en parte de nuestra vida adulta, siempre queremos vivir ‘afuera’. No podemos perdernos nada, no queremos dejar de escuchar, de ver, de vivir al filo de todo.

Nunca esperé que de pronto, me tocara abrir el espacio a los interiores, al entorno de la luz tenue, al silencio, a la contemplación, al recogimiento. Al mundo de susurros. Las pestañas onduladas, un párpado perfecto, labio inferior de infinita ternura, labio exterior de no quiero dejar de comer de ti… mentón estético, suavidad, humedad, alegría, asombro.

Nunca podría resumir mi experiencia de madre en estas líneas. No sé ni cómo decir que, así como lo esperaba y los demás lo decían: todo ha cambiado. Es así, una vida distinta, sin saciedad en nada, sin autocomplacencias repetidas, sin autonomía. Es una entrega, eso es.

Pero parte de ese extraño, irrenunciable y amoroso tiempo que vivo es el tener que estar en el ‘adentro’ y aprender a quererlo. La casa que asfixia, en algún minuto del día, se convierte en el lugar de donde uno nunca querría salir… al lado, su rostro, un sweter rojo, una mano suave, amplia y libre, no importa que el llanto anterior haya sido inconsolable. Su paz me cura, me vuelve otra, me purifica.

Aun no dejo de frustrarme por no comprenderlo, porque de sus labios salgan pucheros y luego llanto, lamentos que no sé cómo remediar. Y tampoco logro comprender su mundo de contrarios: de llanto y de sonrisa casi instantánea, de quebranto, de incomodidad y luego de dulce sueño. Cada cambio me sorprende, peo a veces me quiebra. Soy absolutamente vulnerable a sus balbuceos, a su noche de quietud y noche de quejas, a su mañana de: no quiero estar solo aquí y a su tarde de miradas que caen cuando el sol se esconde.

Ignoro el mañana, después de los seis meses y el primer año. Ignoro qué tiempo volverá a ser el mismo y cuándo mis otras satisfacciones volverán a dibujarse, pero por ahora, sé que quiero estar adentro, siempre adentro de su mundo de susurros.

A Silvestre

Febrero de 20011…