viernes, 6 de noviembre de 2009

Recordando a Simone… (con todo y su Sartré)

En los treinta y tantos de las mujeres, no digo sólo de las europeas o norteamericanas, sino también de las mexicanas, los convencionalismos pasaron a mejor vida. Se tiene acceso no sólo al trabajo y al éxito, sino a decidir cuándo y cómo, por dónde y en qué grado de intensidad vivir la vida.
Me animé a escribir un artículo sobre la libertad de las mujeres al leer una pequeña biografía de Simone de Beauvoir, por la escritora española Rosa Montero en el libro “Historias de Mujeres”. Y digo que me animé por si acaso se considerara trillado el tema. No obstante, esa libertad es algo que cuesta mucho construir.
Sabemos que las mujeres mexicanas cada vez más se sienten seguras de esperar para tener esposo e hijos. Que muchas deciden no tenerlos a ambos, o eligen el matrimonio sin hijos o los hijos sin padre – esposo. Pero aún así, ¿cuántas realmente se animan a casarse sin temor a divorciarse?, ¿a emprender un viaje largo sin rendirle cuentas a nadie?, ¿a iniciar un negocio sin el apoyo de un hombre o de alguien más?, ¿a tener por amante una mujer, o varias, o varios o de ambos sexos?
No defenderé ninguna preferencia sexual, ni criticaré a aquellas mujeres que sólo decidan llevar la vida conforme a las leyes civiles y religiosas. Pero sí merece la pena reflexionar, ¿hasta qué punto nos hemos dado permiso de ser libres para construirnos a nosotras mismas?
No me considero parte de un grupo de mujeres frustradas de no hacer lo que les gusta, de no estar con la persona que aman, de odiar a todos los hombres y tener conflictos sentimentales con la figura paterna y cualquier atisbo de masculinidad.
Pero, caray… cuando uno lee la biografía de la Simone, es envidiable ese grado de libertad, aun cuando esa libertad implique un auto castigo. El alma gemela de Sartré, podríamos llamarla, creció en los años veinte en París, década de grandes cambios, del boom de la música, el arte, la vida en los cafés y el asomo de la libertad. Ella la tomó con tal ánimo que se despojó de todo tipo de prejuicios, se quitó a cuestas el breve legado de moralidad inculcado por su familia y se dedicó a la reflexión, a la introspección existencial.
Pero también se entregó, pareciendo olvidarse del amor a sí misma, a la admiración total por Jean Paul. A la complacencia absoluta hacia sus deseos y sus engaños que los llevaron a compartir amantes de ambos sexos.
Pero no sólo por eso es que me propuse recordar aquí a Simone “Castor”, como la llamaba Sartré. Sino por ese ímpetu de ser generosa con su libertad, con el conocimiento y con todo lo que significaba enriquecer su propio espíritu.
Dice Rosa Montero sobre la filósofa francesa: “Simone, el Castor, la inmensa Simona que gravitó sobre generaciones de mujeres con su rotundo ejemplo de fuerza e independencia, era al parecer así en su vida privada: laboriosa, precisa, congelada. Implacable en la construcción de su vida y en su relación con los demás”.
Y en ese espíritu de fuerza ha estado inspirada la obra y camino de muchas feministas por el mundo. Qué mejor lección nos dio la Simone, ese poder de fundar y re fundarse a sí misma.